He
dormido cuatro horas en mi único día de descanso y no estoy cansada. Es más, me
he despertado con una sonrisa de oreja a oreja y con ganas de levantarme y
seguir viviendo, pero ¿qué es vivir?...
Hay
personas que llaman -vivir- a despertarse cada mañana, embutirse en sus rutinas
incoloras y caminar, esperando el momento en el que el día se apague y la única
ilusión sea esperar la mañana siguiente. Hay personas que, por el contrario,
necesitan una aventura constante en sus vidas. No pueden estar mucho tiempo en
el mismo lugar ni con las mismas personas, pero sin embargo, van enamorándose
de todo lo que tocan y de todo lo que pisan… para ellas, eso es vivir.
También
hay personas que son felices pisando al resto, haciendo daño. En estas personas
no me detengo ni un segundo. También las hay, por el contrario, que llaman –vivir-
a darse a los demás, en hacer depender esa felicidad de la sonrisa de quien
tienen enfrente y se dejan la piel y lo que no es la piel, en ello…
La
verdad es que no tengo ni idea de los tipos de personas que hay teóricamente
aceptadas en la actualidad, ni tampoco me interesa si existen estudios
concretos sobre ello. Hoy me centro en lo que es la felicidad para mí, que
tendré un poquito de todo: de rutinaria, de aventurera, de hijaputismo y de
buena persona, un popurrí.
Todo
esto que estoy soltando, que no tiene sentido ninguno y mucho menos hará perder
10 minutos de su vida a nadie, lo escribo porque hoy me he dado cuenta al
despertarme de que soy feliz. Nunca se es feliz totalmente, pero hoy soy más
feliz que ninguna otra cosa, ¿y por qué?, por muchos motivos.
Porque
tengo a la mejor familia del mundo a mi lado. A unos padres, unos hermanos,
unas hermanas (no de sangre, pero como si lo fueran) y unos sobrinos que me
llenan la vida, que me entienden con la mirada y que pase lo que pase, están a
mi lado y lo estarán siempre.
Porque
eso de “yo cuento a mis amigos con los dedos de una mano” no se aplica en mi
vida. Estoy rodeada de las mejores personas del mundo y así me lo hacen saber.
Las vea a diario o una vez cada mes. Con un abrazo, un gesto, una palabra… me
alivian y hacen más llevaderas mis derrotas y más disfrutables mis triunfos.
Porque
me dedico a lo que quiero dedicarme, a lo que me encanta y apasiona, y a lo que
creo que es una de las únicas cosas que sé hacer: trabajar para que este mundo
sea un poquito mejor y disfrutar aprendiendo en el camino. Porque tengo una
grandísima suerte, y es la de aprender mientras trabajo; aprender mientras veo
que mis esfuerzos generan sonrisas a los de mi lado, vaya cosa bonita… yo
quiero seguir aprendiendo siempre de esta manera. Aprender de las personas que
no saben las letras, ni escribir sus nombres ni sus sueños, pero que tienen
tanto recorrido y tanto bueno a sus espaldas, que hacen de una charla con ellas
la mejor de las clases magistrales de la vida.
También
soy feliz porque, cuando menos lo esperas, aparece alguna ilusión con la que no
contabas. Ilusiones que a ratos son duras, pero que a otros te hacen fuerte
como si no hubiera nada que pudiera derribarte, y te quieres comer el mundo…
Voy a
intentar enfocar mi vida a corto plazo en esa felicidad. Voy a caminar, caminar
firme y pensando en el ahora. Voy a disfrutar de cada paso pedagógico y personal.
Alguien me dijo hace poco “si tiene solución, para qué te vas a preocupar, y si
no la tiene, para qué te vas a preocupar”.
Voy a
disfrutar cada amanecer en la Isla de Rama Cay, de cada campesino que me sonría
al mirarme o al abrazarme. De cada plato de gallopinto que se me quede en la
garganta –pegao-. De cada anochecer y cada picadura de mosquito. De cada rato
que me ponga a escribir. De cada experiencia y charla con las personas que me
rodeen y de cada semana al mes que pueda volver a volar, si es que tengo que seguir
volando…
Sed
felices…
Tods
tenemos derecho a soñar, derecho al delirio, como diría Eduardo Galeano…


