Hay que escribir. Lo tengo claro. Y no escribir exclusivamente cosas del mundo académico, no. Hay que escribir de una misma. De sus sentimientos, de las experiencias, de los momentos (más altos, pero también más bajos), y creo que es de las mejores medicinas para el alma, la mente y el corazón que tenemos...
Hoy necesito escribir. Creo, si el tiempo me lo permite y las ganas y la ilusión también, que dedicaré a escribir un blog sobre mis sentimientos desde ya, desde hoy. Lo necesito.
Y es que he vivido dos de los días más intensos que recuerdo. Entre otras cosas, me he enterado de que en dos meses vuelvo a viajar a Nicaragua sin fecha establecida de vuelta, como mínimo, el 24 de agosto. No os voy a engañar, yo soy una persona extremadamente cuadriculada (pobres amigos y amigas, l@s traigo loc@s, pero me quieren así) y no es fácil hacerse a la idea que tu vida, tal y como la tenías pensada y prevista, cambia de la noche a la mañana: cientos de flecos "pendientes" por cerrar; miedo, mucho miedo. Miedo pero también esperanza e ilusión, un chute de energía que dejan las dos personas (y muchas más), con las que he podido vivir estos momentos, días duros y lluviosos, alegres y tristes, pero tiernos y llenos de solidaridad y justicia.
A veces pienso que con el paso de los años me estoy volviendo menos madura y más niña, eso no quiere decir más "loca", pues siempre digo con peso de culpabilidad que no soy ni tan alegre ni tan divertida como antes. Niña e inmadura porque con 28 años me da pánico enfrentar ciertas cosas que hace 8 ni me planteaba, no me temblaban las piernas y ahora me tiembla la vida. Cuando me fui a dormir el día que me enteré de mi pronta partida empecé a llorar, y yo no soy de llorar fácilmente, ¿eh? pero lo necesitaba. Me imaginaba abrazando a mi sobrina intentando explicarle que no la vería en bastantes meses. Sé que es algo que, por incompetencia de nuestro penoso gobierno, están viviendo miles de jóvenes en España, pero eso que dicen de "mal de muchos, consuelo de tontos" a mí no me vale. Yo me voy porque quiero, porque tengo un compromiso pedagógico y vital y así lo quise hace ahora 8 años y me voy FELIZ.
A veces llegan a tu vida ráfagas de luz y de energía que tienes que aprovechar, que te hacen fuerte, tan fuerte, que eres capaz de decir y hacer cosas que llevas bastante tiempo meditando. Estos dos días han sido una ráfaga de luz para mí (y mira que han sido grises y lluviosos), pero... ¡al mal tiempo, buena cara!
Poco más, porque quiero escribir mucho, quiero hacer de este, mi diario de campo "moderno", donde plasmar mis sentimientos durante estos dos meses de preparativos y donde también, escribir algo de lo que recoja en mi diario (y trabajo) de campo en mi estancia en Rama Cay.
Cabalgando, remando, caminando, los
brigadistas de la alfabetización penetran las más escondidas comarcas de
Nicaragua. A la luz del candil, enseñan a manejar el lápiz a quien no
sabe, para que nunca más lo engañen los que se pasan de vivos.
Mientras enseñan, los brigadistas comparten la poca comida, se agachan
en el acarreo y la deshierba, se pelan las manos hachando leña y pasan
la noche tendidos en el suelo, aplaudiendo mosquitos. Descubren miel
silvestre dentro de los árboles y dentro de las gentes leyendas y coplas
y perdidas sabidurías; poquito a poco van conociendo los secretos
lenguajes de las hierbas que alegran sabores y curan dolencias y
mordeduras de serpientes. Enseñando, los brigadistas aprenden toda la
maldición y la maravilla de este país, su país, habitado por
sobrevivientes: en Nicaragua, quien no se muere de hambre o peste o
tiro, se muere de risa.
Galeano, 1980. Descubriendo.
